LA LLORONA

VLUU L110, M110  / Samsung L110, M110Llegó una noche, yo habitaba una casa de bahareque y los relámpagos estallaban el cielo, era la casa de la madre y el padre que abrían la puerta a los espantos ampliados por la oscuridad. Entonces, escucharíamos el llanto de una mujer que había tirado sus hijos al río, que sufría eternamente y su castigo era vagar por los ríos esperando encontrarlos.

Ella apareció de nuevo en la ribera del Río Cauca. Era de noche, el fuego empezaba a disiparse, yo estaba sobre una gran roca que sabía todos los secretos del río y me abrigaba en su milenaria materia.  Sobre un meandro del río una figura menuda se mostraba con cierta timidez en un fulgor de chispas fluorescentes.  Tuve miedo, sentía el silbido del río como un llanto que salía de la boca de ella, poco a poco se aproximaba; por momentos desaparecía y de nuevo sobre las aguas, se veía un lento discurrir de lucecitas.  Me quedé quieta, en silencio y empecé a dibujar en mis recuerdos esa historia tantas veces contada.

Ella estaba allí, cerca de mí, muy cerca y el llanto me embargó, eso que creía incierto se revelaba en la voz de mi madre y en la presencia misteriosa esa noche en el río.  Eso que creía incierto, mágico, adquirió otra voz desde el arte, cuando tuve la oportunidad de acompañar la obra “Magdalenas por el Cauca” de Gabriel Posada; y la llorona de nuevo me confrontó en un río habitado por sombras y cuerpos, por mujeres que buscaban y vagaban por los ríos para encontrar los restos estrujados que dejaban los gallinazos sobre los cuerpos de sus seres queridos.

La Llorona surge a partir de un trabajo creativo que ha venido tomando forma desde el performance y la instalación. Una sucesión de actos que sin estar planeados se han configurado e hilado en un relato secuencial; por eso mis performances Éxodo, Exhumaciones y ahora La Llorona, en su orden, aluden a la desaparición del cuerpo, al hallazgo del cuerpo y a la posibilidad del duelo a partir del llanto.

Llorar deriva del latín plorare que significa lamentarse, despertar compasión, este llanto lo propongo en solidaridad con las familias de las víctimas, como un acto creador y transformador. Como posibilidad de sanación y de verdad a la que estamos invitados, no ocultar el llanto, no esconder la tristeza, sanar para reivindicar el valor de la vida, de las familias y sus víctimas de la violencia. El llanto es la prueba de que las verdaderas víctimas son los familiares y seres queridos de los asesinados, quienes deben soportar el dolor propio, imaginando el de los muertos.

Esta acción es un recorrido cerca de un río, luego en un lugar abierto o cerrado ir perforando con una aguja unas bolsas llenas de agua colgadas a manera de racimo, estas poco a poco se derraman sobre la llorona que estará en una espera suspendida hasta que todo su cuerpo se bañe de agua.

 

OFRENDA

Parque Monumento Trujillo (Valle del Cauca) agosto 31 de 2013

 

ANIMERA

(2013-2015)

El proceso de exploración y aprendizaje en este trabajo se despliega sobre mi propia corporalidad entendida a partir del cumulo de experiencias recogidas entre observaciones, fotografías, vivencias, testimonios, documentación, gestión de mis emociones y percepciones en encuentros con familiares de víctimas de la violencia en Colombia, con testimonios sobre desaparecidos y escenarios donde han ocurrido hechos violentos.  Lo anterior en relación con lo expresado por Diana Taylor en el sentido de que: “El performance es una práctica y una epistemología, una forma de comprender el  mundo y un lente metodológico. Nos permite analizar eventos como performance. En su carácter de práctica corporal en relación con otros discursos culturales el performance ofrece también una manera de generar y transmitir conocimiento a través del cuerpo, de la acción y del comportamiento social”[1].

Es así como los espacios que se intervienen están en su plena naturalidad y los performances propuestos en su mayoría adolecen de divulgación y surgen después del ejercicio de la observación, la vivencia y la preparación mental y física,  lo que consiente introducirse sin la intermediación de la mediatización o el espectáculo. Es el cuerpo afrontando un espacio sentido y afectado, que afecta, se siente y se disiente, aparece en el espacio en medio de la cotidianidad y “opera como actos en vivo o acciones corporales que transmiten saberes sociales, memoria y sentido de identidad a partir de acciones o comportamientos reiterados”[2].

El performance Animera recorre diversos lugares despertando las ánimas que vagan en pena, sin voltear la mirada camina, como si ellas la siguieran. Volver la mirada es propiamente lo que nos cuesta para ver nuestro propio reflejo en los desaparecidos, en las historias que su vacío nos cuentan es así que “Desde los antiguos la mirada esta connotada. La mirada tanática de la Gorgona medusa, la mirada medusante, la que no se puede mirar de frente. Mirar el rostro de los dioses está prohibido. Hasta la saciedad hemos escuchado decir que el hombre no puede mirar el rostro de dios. Lo que no se puede mirar se configura como interdicto, como extraordinario. Le concedemos un poder, una especie de sacralidad”[3] . Es así como la animera, si bien acepta la prohibición, lleva detrás una romería de seres desaparecidos, de invisibles, que evoca a través de la campana y refresca esa mirada de lo velado con su presencia fantasmal.

[1] TAYLOR, Diana. Performance. Buenos Aires: Asunto Impreso. 2012. Pág. 31

[2] Ibid. Pág. 52

[3] DIEGUEZ Caballero. Ileana. Cuerpos sin duelo. Ediciones Documenta. Córdoba argentina. 2013. Pág. 48

 

 SED (cementerio de Marsella, Risaralda)

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Fue en la tarde, llegamos en un auto rojo bordeando el verde de las montañas cafeteras, dimos una vuelta por la plaza de Marsella como un círculo obligado para residentes y forasteros, luego fuimos hasta la plaza de mercado y buscamos a don Narces Palacio[1] que tenía un puesto de dulces y cigarrillos, yo solo estaba expectante apreciando lo que pasaba alrededor nuestro y el sincretismo que hay un sábado en un pueblo, la música que sonaba entre rancheras y una voz lastimera de mujer quejumbrosa. Don Narces el antiguo sepulturero del cementerio un testigo más del silencio y lo cuerpos dicientes en su descarnada humanidad, él estaba calmado, silencioso, no hablamos gran cosa.

Seguimos nuestra ruta hasta el cementerio, en una pequeña tienda pedí permiso para que me dejaran vestir y maquillar, puse el vestido sobre unas poltronas rojas al lado de una repisa de madera con retratos de una boda y de una quinceañera, llamé a la señora para que me ayudara a subir la cremallera, me entraron un temblor extraño y estas ganas de estar en silencio.

Caminé despacio hacia el cementerio, en la puerta me arrodille y como si fuera un secreto en sotto voce  hice una confesión y dije el motivo de mi visita. Toqué tres veces el suelo del cementerio y agite la campana para alertar las ánimas en mi caminata. En el campo santo de los NN ponía agua para sus sedientas almas, fui a buscar una fuente para llenar la jarra y entre los pasillos cara a cara me vi con una doliente que se puso pálida de verme, logró tranquilizarse de inmediato y se desbocó en su enlutada historia de un hijo de 16 años asesinado meses antes. Solo pude mascullar un lo siento, mirarla con piedad y respeto.  Fuimos saliendo lento, lento, como regresando al agua que un día los trasladó hasta este lugar en donde sus almas quizá están pérdidas o condenadas al olvido, para acompañar los fuegos fatuos de los 327 Alumbramientos por las huellas del olvido, “llevarlas en el recorrido sin mirarlas porque eso trae sal”[2].

Volver la mirada es propiamente lo que nos cuesta para ver nuestro propio reflejo en los desaparecidos, en las historia que su vacío nos cuenta.

“Desde los antiguos la mirada esta connotada. La mirada tanática de la Gorgona medusa, la mirada medusante, la que o se puede mirar de frente. Mirar el rostro de los dioses está prohibido. Hasta la saciedad hemos escuchado decir que el hombre no puede mirar el rostro de dios. Lo que no se puede mirar se configura como interdicto, como extraordinario. Le concedemos un poder, una especie de sacralidad”[3].

 “Si ver a la Gorgona significa ver la imposibilidad de ver, la Gorgona no nombra en ese caso algo que está en el campo o acontece en él, algo que el musulman habría visto, a diferencia del superviviente. Designa más bien la imposibilidad de ver de quien está en el campo de quien en el campo “ha tocado fondo” y se ha convertido en no hombre.

Que en el fondo de lo humano no haya otra cosa que una imposibilidad de ver: tal es la Gorgona, cuya visión ha transformado al hombre en no-hombre. Pero que sea precisamente esta no humana imposibilidad de ver lo que invoca e interpela lo humano, el apóstrofe al que el hombre no puede sustraerse; esto y no otra cosa es el testimonio.”[4]

[1] http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-1983395

[2] (NIETO, 2012, pág. 59)

[3] DIEGUEZ Caballero. Ileana. Cuerpos sin duelo. Ediciones Documenta. Córdoba argentina. 2013. Pág. 48

[4] AGAMBEN, Giorgio. Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo. Ed. Pretextos. España. 2010. Pág. 55

 

CINERIS (río Cauca, Beltrán)

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fotografía Rodrigo Grajales.

Un martes 26 de noviembre, pasado el meridiano, después de despedir a los estudiantes y añorando que pasaran el año escolar, salí (con el generoso apoyo del colegio hacía mi trabajo artístico) a terminar de empacar para abordar la chiva de 3:00pm, me acompañó un joven que recién había terminado su periplo con el ejército y que despabilaba asombrado el discurso de las aguas que salían de mi boca. Antes habíamos ido a la galería para conseguir la ofrenda para los gallinazos; “hay siete no más, vaya enseguida que allá le venden los dos que le faltan”, me preguntaba porqué siete, en quién se me había adelantado en un número impar, similar a la búsqueda que emprendía.

Empaqué los nueve ojos de vaca que mirarían el cielo en la ribera del río Cauca y que luego viajarían dentro de los gallinazos para regresar esa mirada carroñera de lo que hemos merecido como patria, guardé las velas y con recelo y juicio empaqué las hermosas ofrendas que llegaron para las 327 balsas, para los 327 alumbramientos por las huellas del olvido. Pensaba en la palabra alumbrar, en el gesto y el acto de dar luz, de parir; como el acto de exhumar, de sacar a la luz lo olvidado y fue así como un 28 de noviembre a eso de las 3:00 a.m. me desperté con Gabriel Pasada y con el sonido de la quebrada estremecida  recordamos al maestro Dioscórides e hicimos ejercicios de estiramiento y de respiración y con el aliento de la mañana dimos gracias en silencio.

Hoy regreso en mi memoria a los afanes propios de un montaje, al vértigo de estar en la ribera del río, a esa sensación extraña de que en cuestión de minutos todo lo que trabajamos se irá con el agua, fluirá con la corriente.

En la orilla del río Cauca, ya con la luz de las seis de  la mañana, en una limpia de plantas aromáticas alrededor  del Remanso ofrendaba para los gallinazos vísceras de res a la espera de las balsas, dispuesta a encender el fuego de nueve pilas de madera a manera de novenario por tantos desaparecidos en Colombia. En esta obra, Cineris: la voz de la ceniza, fue una apuesta poética desde las  cenizas que se elevan para estar con los dioses, para animar esas voces que refrescan los recuerdos exponiendo los rostros, exponiendo sus historias, escuchando en las voces de las mujeres las de los desaparecidos:

“Yo los oía. Eran voces de gente; pero no voces claras, sino secretas, como si me murmuraran algo al pasar, o como si zumbaran contra mis oídos. Me aparté de las paredes y seguí por la mitad de la calle; pero las oía igual, igual que si vinieran conmigo, delante detrás de mí. No sentía calor, como te dije antes; antes por el contrario, sentía frío. Desde que salí de la casa de aquella mujer que me prestó su cama y que, como te decía, la vi deshacerse en el agua de su sudor, desde entonces me entró frío…”[1]

[1] RULFO, Juan. (1966). Pedro Páramo. México: Fondo de Cultura Económica.

LA SOLEDAD (Pereira)

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plaza de Bolivar. Pereira. foto Gabriel Posada

La profesora Sonia Castillo propuso unos ejercicios a partir del cuerpo como un gran laboratorio de los sentidos, podíamos elegir. Uno de ellos era estar en los zapatos del otro; lo asumí como una forma de preguntarle a la misma acción corporal si como en el método del maestro Stanislavsky uno se metía en el R.H del personaje, o si uno mismo es ese registro sanguíneo que deja la huella en cada acción, única como la del dedo índice.  Empecé por escribirle a la familia de Sandra Viviana Cuellar[1] ambientalista y defensora del agua desaparecida el 17 de febrero del 2011. Nadie contestó.

Inicié el ejercicio cuestionando mi propia identidad, ¿Quién soy? ¿Cómo ser otra persona?, me preguntaba además si era posible ser otra persona, imaginaba que otro ser intentaba caminar como lo hago, que reiteraba esta existencia, esta corporalidad sobre el cotidiano que elaboro y que despliega mi habitar, pensé en mi sombra como una prolongación de mí, arrastrándose por todas las superficies como una serpiente que intenta mudar de piel en cada cambio de luz.

2.

No quiero hacer una parodia de nadie, el disfraz carece del poder de lo verdadero, funciona en el ámbito de la fantasía, de la recreación, pero se aleja de la verdad sentida.

3.

¿Ser un hombre?, pero eso era una contradicción y un facilismo, volvería al disfraz, de eso no se trata.

4.

Recordé la discusión acerca de la marcha de las putas[2], regrese a su origen,  a la estigmatización sobre las mujeres que se visten con escotes, a esos infames señalamientos sobre su sexualidad y la justificación del abuso por la manera de actuar o de vestir. Pero no quería ser una de ellas, no quería estar en esos zapatos, ahí mi condición femenina adquiría otra dimensión de vulnerabilidad en un país donde la diferencia es agredida con constancia y complicidad.

Salí a la calle, hice un recorrido observando la gente, el afán, intentaba escuchar los sonidos, olía todo lo que se aproximaba, intentaba recoger unas muestras mentales y corporales para la acción del sábado.

6.

Solo debo salir como yo misma y mis sensibilidades, estoy pensando en la soledad de tantas familias a la espera de sus seres queridos, y quiero llevar el rostro de Sandra Viviana Cuellar desaparecida hace tres años en Palmira Valle, ambientalista y líder cultural, quiero tapar mi rostro como si tuviera vergüenza por estas ausencias. La pregunta es ¿dónde está?

7.

La familia de Sandra Viviana Cuellar  no respondió mi correo, no quiero hacer esta caminata sin su consentimiento. Gabriel está pintando unos ojos, que miran al cielo reclamando, haremos una caminata juntos por los desaparecidos y por ese cuerpo de cristo que también desapareció en esa liturgia que conmemora nuestro país del Sagrado Corazón de Jesús.

8.

La soledad, que busca, que pregunta por los desaparecidos.

[1] http://www.elespectador.com/noticias/judicial/el-peor-de-los-delitos-articulo-494718

[2] La “Marcha de las Putas” nació en Canadá en abril de 2011, a raíz de las declaraciones que diera el policía Michael Sanguinetti durante una conferencia sobre seguridad ciudadana en la Osgoode Hall Law School de Toronto, donde aseguró que “las mujeres deben evitar vestirse como “putas” para no ser víctimas de violencia sexual”. The “Slutwalk” (como se denominó la primera marcha) es una denuncia pública en contra de todas las formas de violencia hacia las mujeres y de la estructura social e institucional que la reproduce y la justifica que ha recorrido, hasta el momento, más de 60 países.

http://www.plataformaputas.org/

ANIMERA (Trujillo)

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Osarios del parque monumento de Trujillo, 2014

Esa mañana nos levantamos temprano, caminamos por el pueblo silencioso, fuimos subiendo la cuesta que da al parque Monumento a las víctimas de Trujillo Valle. Vestida de animera, toqué tres veces una de las tumbas que protegen algunas osamentas y alerté con la campana los osarios que aguardan memorias de los cuerpos no recuperados. Debía regresar a despertar las ánimas y narrar en secreto lo que había pasado en Marsella. El sol de la mañana calentó el vestido de animera y se estremecieron las veraneras que están sembradas alrededor de los 342 osarios. Solo estábamos ellas y yo, como el viento que trae sonidos pensé en sus voces, como el árbol estremecido pensé en sus cuerpos. Descendimos en la misma soledad y hacia el mismo silencio de impotencia.

ANIMERA (Buenaventura)

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calle Puente de los Nayeros, barrio La Playita, Buenaventura, , 2014

El bus salió de Pereira a las 6:00 a.m muy puntual, con el cupo completo, mi cuerpo cedió sin resistencia su peso a la silla y nos fuimos de nuevo bordeando el Cauca. Me despertó un viento frío, fue justo cuando pasábamos por el Lago Calima que exhalaba su aliento hasta la carretera y refrescaba el sopor de la buseta. El mar apenas se insinuó a  mis ojos y recordé la primera vez que estuve en el puerto, sobre un muelle en palafito que ondeaba al paso acelerado de los viajeros hacia las lanchas.

     El aire enrarecido entraba por mis fosas nasales advirtiendo la sal y el pescado, el viento marino humedecido por la selva que bordea el Pacífico Colombiano.  Descansamos el viaje, nos instalamos y sin mapa y sin itinerario nos dejamos llevar por ese mismo aire.

     En Buenaventura conocí una mujer alegre de ojos saltones que en su audacia femenina renunció a los aires capitalinos y se internó para ser una nativa de piel blanca que se conoce los laberínticos barrios del puerto. Nos enseñó de manera muy sincera una Buenaventura recargada de misterio, de sonrisas honestas, de sabios que un día despertaron como en el libro de Gabriel García Márquez enfermos con la peste del insomnio que borra los recuerdos, pero éste, el de Buenaventura solo recordaba una cosa: tocar la marimba, “ay doña Lu, si casi no recuerdo nada…”.

     Compramos pescado frito, nos lo entregaron envuelto en un papelillo similar al periódico y fue nuestro desayuno, llegamos al Barrio Puente de los Nayeros, estaba invitada a compartir un taller de arte y fuimos a conocer el espacio. En el camino nos dijo doña Lu que íbamos hacia el “espacio”, no comprendía a qué hacía referencia hasta que llegamos a una puerta grande de madera con dos policías a la entrada. Empapada de los sucesos constantes de violencia en el Puerto sentí un poco de temor pero la sonrisa de constante de doña Lu me daba la seguridad que necesitaba. Escuchamos las historias del espacio humanitario[1], las amenazas a los líderes, las casas de pique que reclamaron como suyas y de las que expulsaron a los criminales, pero sobre todo la valentía para enfrentarse a los violentos con una resistencia comunitaria y pacífica.  Ya en la tarde, después de compartir con los niños, entré a una vivienda, me vestí de animera y empecé la caminata haciendo unas estaciones  en casas destruidas que antes fueron casas de “pique”. Con una romería de niños en la que algunos corrían y gritaban, otros desprevenidos que no habían advertido mi presencia entraban en un llanto aterrador. Fuimos hasta el borde del barrio, bajé al agua convidada por los jóvenes que aprovechaban en el agua fresca de la marea para bañar sus cuerpos. Salí del agua, sintiendo el viento sobre la ropa húmeda, con la tela pegada a la piel haciendo más lento el paso, salimos del Espacio Humanitario y llegamos hasta Punta de Icaco, alguien se me acerco y me dijo en tono amenazante que me iba a empujar al mar. Yo tenía la certeza de que eso no iba a pasar. Pero lo que sí vimos un poco antes de estar en el borde del mar fue un hombre desesperado que se lanzó al agua y ya no lo vimos más, se perdió entre los palafitos. Tiempo después nos dimos cuenta que fue un joven de uno de los grupos armados que creyó que la muerte venía por él. No voltearía la mirada, solo seguía el camino, y así poco a poco escuchaba las voces de los niños que seguían entre risas y mitos mi lento peregrinar. Las mujeres, con mesura entraban en silencio a sus casas. Algunas cerraban la puerta.

[1] El 13 de abril 2014, una comunidad afrocolombiana compuesta por aproximadamente 300 familias y conocida como Puente Nayero realizó algo sin precedentes en la ciudad de Buenaventura, Colombia, el puerto más grande sobre el Pacifico colombiano: se conformaron un Espacio Humanitario en un contexto urbano. Criticando la connivencia entre la fuerza pública y los grupos paramilitares, los miembros de la comunidad rechazaron la militarización por parte de los grupos paramilitares en su barrio en la zona de bajamar y empezaron a resistir las empresas multinacionales que intentan desalojarlos de sus hogares para la ampliación de su negocio.

http://witness4peace.blogspot.com.co/2015/04/durante-el-primer-aniversario-el.html

MEDIANTE (Trujillo)

 

Mediante

Esa tarde de mayo, en casa de Trinidad Paez supe lo que sería el siguiente performance. En una batea de manera cariñosa tenía puesto su altar a las ánimas del purgatorio, una cruz sostenida en la base con un velón y una imagen del sagrado corazón de Jesús, le admiré su manera de poner el altar, pero ella con esa voz fuerte de mujer rebelde me dijo que esperara para que viera como era de verdad hermoso, puso panela, pan, arepas, un poco de arroz y me dijo que ellas, las ánimas del purgatorio venían agradecidas a acompañar la casa.  Visité 8 familiares de víctimas, amigos en Trujillo, les conté la idea del performance y las invité para que ofrendaran conmigo esa tarde. Trinidad ofrendo lo dulce y lo salado, arroz y panela.

Edilma Pérez, a pesar de la dolencia que padecía en los huesos llevó la luz representada en los velones, Don Antonio Lozano la imagen de su hermano José Agustín Lozano desaparecido el 2 de abril de 1990, Doña Mery Fernández puso claveles con cuidado, Ludivia Vanegas llevo nueve vasos con agua, Doña Idalia Mejía llevó un poquito de tierra, Consuelo Valencia puso flores, Catalina García  llevó unos crisantemos y Ulbery Fernández puso flores rojas. Estuve en silencio en este pequeño ritual colaborativo, hubo palabras, oraciones y un bonito abrazo fraterno al final.

Todo estaba listo y claro para la acción del 16 de junio,  pero ese día uno a uno no estarían en el performance, los avatares propios de una peregrinación obligaban a que cada uno asumiera tareas en de la organización.

En esta acción a través de una meditación aguardé en silencio durante dos horas mientras entraban y salían las personas que visitaban el parque.

ANIMERA (Buenos Aires)

 

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Cementerio Chacarita, Buenos Aires, diciembre de 2015